Ilustración por: Joel Rojas
La noche del 20 de septiembre Puerto Rico no volvió a ser igual. No fue en un abrir y cerrar de ojos que todo cambió, fue una transición lenta, pero constante.

Entre el silencio de su partida, quedamos descomunicados, impactados, vulnerables y desnudos. Ante el mundo, ante nosotros mismos.

El monstruo de María se llevó nuestras casas, pero jamás nuestros hogares. Un hogar es donde están nuestros corazones, y nuestros corazones siguen aquí. Lastimados, pero en pie de lucha.

El monstruo de María se llevó la evidencia de nuestras vivencias, pero no nuestros recuerdos. En nuestras memorias siempre vivirá el olor de café de la casa destruída de abuela, las conversaciones en su balcón que ya no existe, y los abrazos en el mueble que una vez nos vio nacer.

EL MONSTRUO DE MARÍA SE LLEVÓ NUESTROS ÁRBOLES, PERO SEMBRÓ EN NOSOTROS UNA SEMILLA DE ESPERANZA. 

Se llevó nuestras flores, pero no nuestro compromiso de volver a florecer.

María nos dejó sin comida, pero este hambre de perseverancia y disposición no nos lo quita nadie. Nos llevó el agua, pero no la sed de luchar por nuestra gente. Nos quitó la luz, pero jamás la luz de la esperanza.

María nos quitó, pero también nos devolvió. Nos devolvió la unión de un pueblo.

Nos devolvió un cielo estrellado en la noche que nos recuerda lo grande que somos. Nos devolvió conversaciones profundas entre amigos sin distracciones.

Nos hizo conocer vecinos que no conocíamos. Incluso, compartir nuestra poca comida con extraños que en tan solo días se convirtieron en familia. Nos devolvió niños jugando en la calle. Sin miedo a caerse o a ensuciarse.

Nos devolvió la paciencia para tolerarnos entre sí. Incluso, en filas kilométricas bajo un sol que no perdona nada.

NOS DEVOLVIÓ VISITAS INESPERADAS Y ROSTROS DE SORPRESA Y EMOCIÓN. 

Visitas que demuestran que somos importantes para ellos. Que no necesitamos un teléfono para comunicarnos. Que no tenemos que avisar porque siempre somos bienvenidos. Que el que te quiere, mueve escombros para llegar a ti.

María dejó a un luchador herido, pero jamás vencido. Un luchador que ríe, baila y canta, incluso cuando lo pierde todo.

Ahora los rayos del sol junto al canto del gallo son nuestra alarma, y las tardes más largas.

Ahora Puerto Rico se levanta al son de la bomba con los de aquí, con los que se van, con los que se fueron. Porque no importa donde estemos, puertorriqueños somos todos.

Nathasha Bonet
Nathasha Bonet

EDITORA EN JEFE

Periodista puertorriqueña con más sueños que ropa. Escribo desde mi casa despeinada.